Desde el corazón: lo que me dejó ‘Valor sentimental’

Por: Alejandra BM

Valor Sentimental (Sentimental Value) no es solo una película sobre un padre y una hija: es también una sobre el residuo emocional que queda cuando esa relación nunca termina de decir lo que tenía que decir. Sobre lo que se hereda sin querer, sobre lo que se calla por cansancio o por miedo, sobre, la fantasía imposible -tan humana- de volver al punto cero: ¿quién puede retroceder en el tiempo? Es una película que trabaja con la materia más incómoda del afecto: aquello que no se resuelve pero tampoco se abandona.

Un potente e inolvidable Stellan Skarsgård en Valor Sentimental

Quienes hayan tenido experiencias con un padre abandónico pueden hallar mucho de resonancia en su trama. Desde esa sensación de encontrarse, ya de grande, con alguien que no te conoce del todo, porque no estuvo ahí cuando crecías; pasando por esa especie de lucha interna por seguir amando a quien no ocupó el papel ¿que le correspondía?; hasta el inevitable momento de verlo, más que como padre, como otro ser humano.

Si algo caracteriza al sensible y profundo cine del danés Joachim Trier (Reprise; Oslo, 31 de agosto; La peor persona del mundo) es la construcción y disección de personajes y vínculos. El director, que también es guionista, sabe cómo llegar al fondo de sus personajes, hundir el dedo sin ambages en las llagas de sus miserias, y hacer brillar los vínculos entre ellos.

De ahí que del visionado de Valor Sentimental no se pueda salir indemne.

De toda la tela que abunda para cortar de este filme, en particular llama la atención su manera de abordar la figura del padre, el valor de la memoria y la manera de contar la historia.

La figura paterna en Valor Sentimental no aparece como autoridad ni como ausencia total. Su abandono puede ser algo más perturbador: el de la presencia incompleta, intermitente, emocionalmente torpe. El padre no es monstruo ni héroe.

Es, quizás, lo peor que puede ser alguien en una estructura afectiva: alguien que quiso, pero no supo cómo.

Y la hija -atravesada por esa herencia/experiencia- se construye, no en oposición frontal, sino en un delicado equilibrio entre la necesidad de comprender y el deseo urgente de no repetir el patrón.

Creo que es difícil abandonar la sala -es de estas películas que siguen creciendo más allá de los créditos- sin volver a ver igual la relación padre-hija. Básicamente, porque la película no romantiza el vínculo ni lo demoniza: lo expone como un territorio ambiguo, lleno de capas, donde el amor no siempre alcanza para reparar.

Luego, hay algo profundamente incómodo -quizás por eso, muy honesto- en cómo Valor Sentimental piensa la memoria.

No la trata como un archivo ordenado, sino como un espacio emocional lleno de distorsiones, omisiones y reescrituras.

Lo que recordamos no es lo que pasó, sino lo que pudimos soportar. Y, en ese sentido, la película funciona casi como un ensayo sobre la transmisión afectiva: cómo los gestos, las ausencias y las palabras no dichas se convierten en una forma de legado.

El sentimentalismo del título no es una trampa emotiva; es una pregunta incómoda: ¿qué valor real tienen los sentimientos cuando no se transforman en cuidado?

La puesta en escena acompaña esa reflexión con una sobriedad quirúrgica. Nada subraya, nada grita. Los silencios pesan más que los diálogos, y los cuerpos -especialmente el de la hija- cargan una tensión que no necesita explicarse.

Lejos del sentimentalismo, Trier se sostiene en un flematismo escandinavo que no niega la emoción, pero se rehúsa a exhibirla como espectáculo.

En esta especie de modo-de-la-contención se siente algo casi político: no ofrecer respuestas fáciles, no cerrar heridas para tranquilizar al espectador. Porque algunas relaciones no van a sanar; apenas lograrán entenderse un poco mejor.

Sentimental Value es, en el fondo, una película sobre aceptar que el amor no siempre llega a tiempo. Y que, cuando es posible -porque a lo mejor no siempre lo sea-, crecer también puede implicar mirar a nuestros padres sin el filtro del mito, sin el consuelo de la idealización.


Un relato de redención pleno de luz y organicidad.

Puntuación: 5 de 5.

[Fabulosas, las interpretaciones de Stellan Skarsgård y Renate Reinsve. Sorprende gratamente la de Elle Fanning].

Dirigida por Joachim Trier. Protagonizada por Stellan Skarsgård y Renate Reinsve.

-Actualmente, en cines de México-

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